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Matar a Borges (capitulo 1)
 
 
 
 
 
 
A mis padres, por su infatigable e incondicional apoyo.
A Matías Loffler por ser mi incondicional corrector.
Y a vos, Marina, por dejarme estar a tu lado una vez más. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
No corrijo los hechos, no falseo los nombres…
 
 
                                                  Carlos Argentino Daneri.
 
 
Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro.
 
 
                                                  Jorge Luis Borges.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
1
 
 
 
                                      
 
 
Querido Borges:
 
 
 
Decidí matarlo un 30 de abril de 1950, meses después de que su fama se acrecentara al publicar la tan mentada obra El Aleph. Obra publicada gracias a mi continua, apasionada, versátil y del todo insignificante actividad mental. Para los que no me conocen, les puedo decir -como alguna vez usted mencionó- que soy rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Tengo grandes y afiladas manos hermosas como las de mi prima Beatriz, también, ojos azules. Soy descendiente de italianos y recalco la letra “ese” al final de una palabra con orgullo, porque, como usted dijo, Borges, la patria es una decisión: uno es argentino porque ha decidido serlo. También he decidido ser poeta y desempeñarme como encargado subalterno en la biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur, labor, que cumplo hace décadas con sobrado entusiasmo. Es verdad que soy ermitaño, a veces autoritario, querido Borges, pero también es verdad que soy un impiadoso asesino. Por lo visto, algunas de mis particularidades ha pasado usted por alto y es mi obligación recalcárselas por escrito, pues las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. En fin, para qué andar con rodeos, Borges, usted ya lo sabe: soy Carlos Argentino Daneri y voy a matarlo.
Como usted ha dicho, siempre nos detestamos y más se acrecentó nuestro odio cuando Beatriz murió. Todavía recuerdo cuando tocó el timbre de mi casa de la calle Garay allá por el año ´34. Eran cerca de las ocho de la noche, usted tenía cara de tristeza y la mirada perdida. En la mano derecha llevaba un alfajor santafecino. ¡Qué mal gusto, Borges, sólo un alfajor! Es verdad, esto nunca se lo dije, pero ahora, como usted verá, es una de mis tantas graduales confidencias. También debo confesarle que ya no hay más ociosos escrúpulos, ahora, abundan las certezas, lamentable amigo. Por eso, es mi obligación informarle que arriba de esta hermosa mesa de madera, lustrada y reluciente, hay tres significantes objetos que conducirán a su muerte. Quizá, recuerde algunos de ellos: 
Al lado de mi mano derecha hay un poema titulado La Tierra, el mismo obtuvo el Segundo Premio Nacional de Literatura del año ´41. Ésta fue la única y olvidada mención como escritor a lo largo de mi vida. Usted, como todos sabrán, cosechó muchos galardones, prestigio y fama, todo ello, vale decir, a costa mía. Desde luego que no sufro de rencorosa admiración hacia usted, todo lo contrario, su indigente prosa literaria nunca llegó a equipararse a mis memorables estrofas de escritor póstumo. Esas estrofas que pretendían versificar toda la redondez del planeta. Esas hermosas estrofas que, usted, se jactó de juzgarlas como pedantesco fárrago. Esas estrofas que, para usted, Borges, dilataban hasta el infinito las posibilidades de la cacofonía y el caos, ¿recuerda? Igualmente, éste no es el punto que ansiaba abordar, sino más bien narrarle los objetos que hay sobre esta mesa, pues, en cierta medida, justifican mi próximo asesinato. 
Al lado de mi mano izquierda hay una pequeña esfera tornasolada cuyo diámetro es de dos o tres centímetros, pero ya no posee ese casi intolerable fulgor. Es el Aleph, Borges, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, ¿lo recuerda? Usted, se encargó de destrozarlo cuando instó, junto a esos ilimitados de Zunino y Zungri, a que demolieran mi casa de la calle Garay. Usted, consumó su venganza vaticinando mi perdición, el campo y la serenidad son dos grandes médicos, me dijo con voz aborrecida. Ese día, ese maldito día, yo me alejé de la metrópoli, del vasto universo, y usted, comenzó a hilvanar, gracias a mi mesura, su fama infinita. Acaso, ¿gracias a quién pudo observar el populoso mar, las muchedumbres de América, los convexos desiertos ecuatoriales, aquel cáncer de pecho, la delicada osatura de una mano, los sobrevivientes de una batalla, la reliquia atroz de Beatriz, el inconcebible Universo…? ¡¿Gracias a quién, Borges?! Para más, en su posdata del primero de marzo de 1943, tuvo la osadía de restarle importancia a mi mentado e inefable aleph. Para su información, Borges, yo le puse tal nombre a la esfera tornasolada luego de innumerables estudios y noches de insomnio. Para su información, Borges, mi aleph era único y auténtico. Es su oportunidad de decirle al mundo entero que todo eso del capitán Burton y Pedro Henríquez Ureña fue un invento más de su mente mezquina. Es su oportunidad de decirle al mundo entero la verdad de los hechos. Y si su perversa moral lo insta a continuar con la mentira, como creo que ocurrirá, voy a tener que acudir al tercer y último elemento que reposa sobre esta mesa. Es una pistola Browning 9 milímetros y está cargada. Sólo tengo que ponerla en mi sobaquera, ir hasta la calle Maipú y esperar que salga de su apartamento. Necesito un tiro certero, preciso. Las consecuencias poco importan, usted arruinó mi vida, yo, haré lo mismo con la suya. ¡Sí, Borges, con usted aplicaré la incuestionable ley de Talión: Ojo por ojo, diente por diente!  
Sin embargo, antes de matarlo, debo confesarle mi dilema. Me asombra considerablemente el hipnotismo que genera en la gente. Sólo una virtud puede encontrarse en sus narraciones: es un perfecto e inescrupuloso alquimista. Tiene la facilidad de transformar mentiras en verdades o bien hacer una verosímil conjunción de ambas. Aún no entiendo cómo la gente no se da cuenta de su locura, de su aborrecible soberbia. Cómo la gente no sospecha de aquella frase, la que usted deja plasmada en su cuento “El Aleph” cuando menciona mi galardón de la Editorial Procusto. Sus literales palabras son: ¡Una vez más triunfaron la incomprensión y la envidia! ¡Ay, Borges…, Borges…, creo que es hora de ponerle punto final a sus irrefrenables desmesuras! 
Ahora son las cinco de la tarde, durante los últimos meses he seguido rigurosamente sus pasos, sus rutinas, y sé, con gran exactitud, que en escasos minutos saldrá de La Sociedad Argentina de Escritores donde ejerce el cargo de presidente. Luego, se dirigirá caminando hasta su apartamento de la calle Maipú 994. Allí, le ordenará a su ama de llaves que le prepare un té y se sentará en un mullido sillón a releer, una vez más, a Chesterton. Bellos policiales, donde el padre Brown, un sacerdote bajo, miope y de aspecto anormal descifra los más intricados problemas policíacos. Ahora, dígame, Borges, toda esa vasta lectura, ¿podrá evitar su muerte, su próxima e inexorable muerte cuando salga de su apartamento para hacer su recorrido de la seis de la tarde? Creo que no, amigo, porque en ese preciso instante, yo, Carlos Argentino, lo estaré esperando. Le concederé el lujo de mirar el sol por última vez. Pero sólo eso, no se merece más que un mero crepúsculo. Un escritor atormentado como usted así lo querría; “Nada de amaneceres”, diría, “déjenme contemplar la avasallante oscuridad”. Por eso, y a pesar que dije ser un impiadoso asesino, voy a ceder con un ápice de compasión, además, por qué negarlo, las circunstancias así lo requieren. Usted saldrá de su casa a las seis de la tarde y yo lo mataré antes de que comience su cotidiano paseo. También, es verdad, puedo matarlo pasadas las siete, una vez concluido el periplo. Pero, ya se lo he dicho, Borges, usted no se merece más que un mero crepúsculo, un intrascendente ocaso.
 Puedo vaticinar la inminente escena novelesca, Borges. Usted caminará sólo tres o cuatro pasos con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Luego, se oirá un solo disparo. La gente comenzará a correr, desesperada, sin saber adónde ir, todos mirarán inquietos en direcciones contrarias, hasta que usted, Borges, acaparará la atención de la muchedumbre una vez más, pero esta vez será para anunciar su muerte, y por ende, mi justificado asesinato. Entonces, caerá de rodillas sobre la acera y se tomará el pecho. Un círculo rojo sobre la camisa blanca denunciará su agonía. Luego, levantará lentamente la mirada en busca de su asesino. Y ahí, frente a usted, estaré yo. No escaparé, sólo esperaré el arribo de la policía con la Browning 9 milímetros humeando en mi mano derecha. Usted, jadeante, me mirará de forma ausente, pero luego, poco a poco, irá comprendiendo lo sucedido. Para qué aclarar que caerá de bruces al suelo, devastando su cara contra las baldosas, manchándolas de sangre. Finalmente, dos patrulleros me rodearán haciendo sonar sus estrepitosas sirenas. Su muerte, Borges… su muerte… anunciará mi victoria. ¿Qué le parece, amigo?    
Lamento decirle que ya es la hora. Antes de irme debo acomodar el retrato de Beatriz en torpes colores, ése que está sobre el piano inútil, junto al jarrón sin flor, ¿lo recuerda? Sí, estoy seguro que sí. Luego, una vez acomodado el retrato, colocaré la Browning 9 milímetros en mi sobaquera, también el saco azulino, en contraste con la camisa lechal. ¿Aún se ríe de mis adjetivos, Borges? De todas formas no me importa, estoy harto de su sarcástico humor, estoy harto de sus constantes e hirientes risotadas. Pronto, esa falsa jovialidad será parte del recuerdo de sus seres queridos. Antes de salir tomaré una copita de pseudo coñac del país, una pobre imitación de esos nefastos licores que usted, a menudo, traía a mi casa. Luego, me iré a cumplir mi cometido. Porque pronto, Borges… pronto será su último día.
¡Ah, antes de que me vaya, Jorge Francisco Isidoro Luis! ¿Nunca temió crear un ejército de enemigos implacables y poderosos? Yo sí, quizá usted, debería haber hecho lo mismo.  
 




                                                             

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