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Héctor Estrada

HISTORIA DE SALOMÉ Y HUMBERTO  (Cualquier semejanza con la ficción es pura realidad)

 

                                                                                                        

                                                                                     (Salomé a los 16)

 

Salomé de casi 13 años, se dormía por las noches vistiendo generalmente tan sólo una batita, sin nada más debajo. Usaba dos almohadas, una la abrazaba y la otra se la colocaba entre los muslos.  Su padre a veces, se levantaba en la madrugada para arroparlas a ella y a su hermanita menor.  Cierta noche, al cubrirla, se percató de que Salomé no llevaba pantaletas y no sólo eso, sino que estaba gimiendo y moviendo las caderas adelante y atrás de una manera acompasada; es obvio que la niña tenía un sueño erótico.  Él no quiso despertarla ni darse por enterado, así que se volvió a acostar abrigando sólo a la más pequeña.

 

Días más tarde, Humberto se dio cuenta accidentalmente de que Salomé usaba a veces los pantalones sin ropa interior, sobre todo para salir a la calle (seguramente emulando a su madre adoptiva, quien se consideraba a sí misma muy "sexy" y actuaba a lo Sharon Stone por lo que solía pasearse desnuda por la casa y andaba sin ropa interior a veces hasta en su trabajo); intrigado revisó el pantalón de la muchacha cuando lo vio sobre la ropa sucia. Le llamó la atención que la entrepierna del pantalón estaba muy mojada por una sustancia viscosa y de fuerte olor. Era evidente que la jovencita estaba pasando por una etapa de constante excitación sexual.  Incluso la vio una mañana acostada en su cama con la mirada extraviada, agitando una mano debajo de la sábana, en una inequívoca sesión masturbatoria.

 

Otra situación embarazosa que vivió Humberto con su hija Salomé, se presentó al encontrarla acostada en la cama de él, boca abajo con el vestido a la cintura y las pantaletas en los tobillos, colocándose un aparato masajeador en las nalgas; la niña estaba con los ojos cerrados y la boca entreabierta suspirando profunda y aceleradamente, al tiempo que tenía la parte interna de sus muslos completamente mojada por un flujo que -según el padre intuyó- provenía de la región vulvar de la excitadísima joven.

 

Hasta entonces Humberto creía que los acontecimientos anteriores  –y muchos otros más-  habían sido producto de  la casualidad, pero pronto cayó en cuenta de su error. Cierta noche, mientras sus otras hijas estaban estudiando, Humberto veía televisión con Salomé en el dormitorio de éste; ambos estaban acostados en la cama muy juntos, de hecho la jovencita tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de su papá, –algo usual y que no denotaba malicia alguna entre padre e hija- de pronto ella le pidió que le tocara la camiseta ya que momentos antes se le había mojado lavando platos, éste lo hizo, colocándole la mano sobre el abdomen para palpar la humedad de la ropa.  Ella le asió la muñeca empujándole la mano hacia la parte baja de su vientre, casi obligándolo a meterla por sus pantalones hasta tocar su incipiente vello púbico.  Humberto trató de restarle importancia al incidente y bromeó con su hija acerca de esos pelillos que comenzaban apenas a crecer.  La muy ladina le dijo que no sólo tenía mojada la camisa y que tocara más abajo para que pudiera comprobar lo que le decía. Luego de que su padre sacara la mano con los dedos empapados por los jugos vaginales de la chiquilla, ella con aire de inocencia le interrogó:

--“Papi, ¿por qué me pasa esto cuando estoy sola contigo?, a veces me acuesto pensando en tí y sueño que te tengo a mi lado y me abrazas, siento que me acaricias y me despierto así de mojada ¿eso es malo?, no creo que lo sea porque siento rico,... extraño pero muy rico.  Siento cosquillitas por ahí donde me tocaste y a veces tengo unos estremecimientos en todo el cuerpo como escalofríos, ¿es eso lo que llaman orgasmo o “acabar”?. Te lo pregunto porque he oído a algunas amigas y amigos hablando de esas cosas, y también a mami conversando con su amiga Betzaida, cuando ella se queda en la casa y duermen juntas (¿?)”. 

 

Por lo referido, Humberto atando cabos enseguida tuvo la certeza de que la situación con su hija era en extremo delicada, y que necesitaba hablar con ella larga y seriamente sobre el tema, pero ese no era precisamente el momento indicado, había poco tiempo y por otra parte debía conversar a solas con la niña, ya que su madre no entendería los últimos acontecimientos sin desconfiar, en primer lugar por aquello de que cada ladrón juzga por su condición.  La señora en la cuestión de su sexualidad era toda una “perra”: bisexual, con muchas amiguitas en su haber -solas y acompañadas de su marido-, con hombres ni se diga, desde los ocho años ya le practicaba la felación a sus vecinitos, se masturbaba mirando a un tío suyo desnudo y cuando se le entregó a Humberto por primera vez alrededor de los 18, ya no era virgen, aunque pretendió hacerle creer lo contrario y éste le siguió la corriente; aún a pesar de haberse enterado de algunas de las muchas aventuras de su mujer, -antes y después de vivir con él- siguió junto a ella porque la amaba de veras y, sexualmente hablando, su principal objetivo era complacerla en todo. Era una mujer que disfrutaba la penetración anal tanto o más que la vaginal y gustaba de mirar fotos y películas de gays masculinos; por otro lado le había confesado a su marido que su más frecuente fantasía y su mayor anhelo consistía en “tirarse a dos tipos” simultáneamente, anhelaba ardientemente experimentar el coito vaginal y anal al mismo tiempo; esto de verdad quería hacerlo, con permiso o sin él, según había advertido a su “amado” marido.

 

Pero volviendo a Salomé y su “papi”, él recordó que cierta tarde después de nadar, ella se le acercó y le susurró al oído que había llevado puesto su traje de baño desde la casa, pero al vestirse de nuevo cayó en cuenta de no tenía ropa interior seca para ponerse.

 

--¿Qué hago ahora papi, me visto así, sin pantaleticas?

--Sí hija, -respondió Humberto- no creo que haya problema con eso ya que tienes una falda-short por lo que no se notará, aunque de todas formas toma las precauciones adecuadas.

 

La ”inocente” criatura así lo hizo y cuando estaban en el parque infantil pidió a su padre la ayudara a colgarse por las piernas de una barra de ejercicios y -por supuesto- permitió que durante varios segundos Humberto observara una buena porción de su región genital que a ratos quedaba casi al descubierto por la indiscreción de la “faldita”.         

 

Realmente en las recientes semanas, la muchacha aprovechaba cualquier ocasión para mostrarse ante su papá aunque fuera un poco;  se desvestía en su presencia, --considerando que algún tiempo atrás actuaba más bien con excesiva  timidez--, le llamaba desde la ducha para que le graduara el agua caliente o le llevara un jabón).  Fue por ese tiempo que Salomé comenzó a besar en la boca a su papá (antes le besaba en la mejilla, más bien cerca de la oreja), sin que esto lo incomodara ni se notara extraño ya que sus otras hijas saludaban a su padre con besitos en los labios; sólo que en los besos de Salomé había una mezcla de ternura y pasión reprimida.  Es más, pensándolo bien, Humberto concluyó que la chavala era una verdadera artista de la actuación, ya que lograba exhibirse de manera tal que ni la persona más suspicaz del mundo pudiera detectar premeditación alguna. 

 

El non plus ultra  llegó un tiempo después, una de tantas noches en que Humberto pasaba revista a sus hijas para verificar que estuvieran abrigadas, luego de desconectarse de Internet y apagar su computadora. 

Aún en la penumbra se fijó en Salomé a quien se le había subido la bata de dormir hasta la cintura y como era casi habitual, de allí hacia abajo era toda piel (¡!).  El padre la tapó con el cobertor pero ella quiso mantener la almohada entre sus piernas por lo que volvió a descubrirse enredándose con la frazada; su papá trató de ayudarle colocándole de nuevo la almohada, según la muchacha acostumbraba.  Gran sorpresa para él, cuando en ese movimiento, la “bella durmiente” le apresó la mano entre los muslos impregnados de su más íntima humedad, al tiempo que exhalaba un prolongado suspiro.  Humberto no sabía que hacer, realmente la situación le producía una extraña excitación y aunque sabía no debía permitir que aquello continuase, no atinaba a rechazar un contacto que le tenía como hipnotizado; a decir verdad, casi lo estaba disfrutando ya que, aunque la amaba como tal, la chiquilla realmente no era su hija biológica, por lo que descartamos que se tratara de un degenerado, simplemente era un hombre –por cierto, muy sensual- respondiendo a las provocaciones y apetitos de una hembra, demasiado joven sí, pero hembra al fin y al cabo, que estaba descubriendo sus más fuertes impulsos sexuales.

 

La excitación de Salomé iba in crescendo, lo cual resultaba contagioso para el padre; la combinación del tacto de su piel, la humedad que afloraba de su interior y un excitante olor que parecía invadir todo el ambiente y calar desde sus fosas nasales hasta el cerebro, lo tenían realmente atontado.  Humberto comenzó casi sin querer a mover sus dedos por entre los húmedos y resbalosos labios de aquella deliciosa vulva con lo que, evidentemente, se incrementaba el frenesí erótico de la chica lo cual se ponía de manifiesto por la respiración entrecortada y los retorcimientos de su cuerpecito.  Esos instantes que parecieron interminables, producían en Humberto una combinación terrible de excitación y miedo; se sentía ansioso, confundido y a la vez tan deseoso de continuar explorando aquel mar de sensaciones en que se había convertido el joven pero estupendo cuerpo de su hija, que amen de su corta edad ya había definido formas –tenía el busto más exuberante que el de su hermana de 17- y “transpiraba” una sensualidad que muchas mujeres adultas envidiarían.  Él sucumbió al impulso de acercar su rostro al de ella para besar cálidamente sus carnosos labios, sólo rozándolos al principio, pero como  se sintió invitado por la manera golosa en que la chica abrió la boca, hurgó con su lengua la cavidad  que se le ofrecía con ansiedad.  Simultáneamente su mano derecha continuaba jugueteando con los resbaladizos labios íntimos de la joven, quien parecía estar esperando y deseando esas caricias;  entretanto los dedos de la otra mano acariciaban cuidadosamente aquellos pechos que brotaban como botones en flor, y cuyos pezones ya comenzaban a endurecerse duplicando la oleada de placer, que por obra de las expertas manos del hombre, estaba sintiendo Salomé.

 

Humberto, que hasta entonces sólo se había concentrado en ayudarla a descubrir esas exquisitas sensaciones, se dio cuenta repentinamente de las muestras de su propia excitación; justo en el momento de girar su cuerpo para quedar boca arriba y poder abrir más las piernas, la chiquilla rozó el endurecido falo que pugnaba palpitante por salir del slip, que lo apresaba hasta casi producir dolor.  Sólo en ese instante ambos se dieron cuenta de que de la punta de aquel magnífico instrumento viril chorreaba una gran cantidad del transparente y natural líquido lubricante.  Ante ese descubrimiento, Salomé fue presa de la curiosidad, y lo que no se atrevía a hacer con los amiguitos que ya la habían besado y magreado furtivamente, lo hizo con su padre.  Se sintió con la confianza y el derecho suficientes para tocarlo y maravillarse con el poder y la energía que representaba la dureza de aquél desconocido pero fascinante órgano.  Justo en ese punto se atrevió a abrir sus grandes y hermosos ojos color de miel para poder observar lo que para ella todavía resultaba un misterio; quiso combinar la experimentación táctil, colocando sus suaves manos alrededor del brillante glande para acariciarlo casi ritualmente, con la visión (aunque con poca luz) de ese extraño nuevo objeto de su atención.

 

De una manera instintiva, la chica se llevó el pene de su papi a la boca, lo cual les produjo a ambos un formidable estremecimiento.  Aquello era demasiado para el pobre Humberto: creyó desmayarse, sentía que sus sienes iban a reventar al igual que su corazón, que según recordaba, nunca había latido tan de prisa.  La hermosa Salomé rodeó el glande con sus labios, besando y lamiendo el frenillo, frotándose los labios como si los estuviera maquillando. Humberto se preguntaba como podía esa pequeña hacerle sentir como la más experta, porque en verdad manejaba a la perfección ese arte, aunque, aparentemente, era su debut. 

 

La muchacha estaba frenética, lamiendo y relamiendo aquella golosina al tiempo que movía su mano arriba y abajo, provocándole a su papi un doble placer que varias veces y en pocos minutos lo llevó al borde del orgasmo más explosivo; sin embargo la experiencia le permitió contenerse y continuar disfrutando y dejando disfrutar.  Salomé al mismo tiempo que le succionaba y masajeaba el mástil a su padre, sintió la apremiante necesidad de bajar su mano izquierda, --la que utilizaba para masturbarse-- para acariciarse el exquisito capullo, de lo cual se dio cuenta Humberto y decidió devolverle el favor: extendió su mano por la parte posterior, deslizándola desde la espalda hasta sus hermosos glúteos, cuya piel era tanto o más tersa que la del resto de su cuerpo.  Se abrió paso por entre las nalgas de la criatura para finalmente alcanzar el ano, que dicho sea de paso se hallaba empapado (al menos en su parte externa) por los deliciosos jugos provenientes de la vagina de la joven.  Poco esfuerzo hizo falta para instalar la primera porción de su dedo medio a la entrada del agujerito, dado que su propietaria elevó un poco el trasero arqueando la parte baja de la espalda para facilitar la maniobra y sin dejar de frotarse el clítoris.  La niña casi enloquece de placer, por lo que en ese supremo instante alcanzó la primera explosión de esa noche, se desplomó sobre su cama en convulsiones multiorgásmicas que hasta asustaron al tipo, sólo para recuperarse minutos más tarde con renovados bríos. Humberto se limitó durante esos instantes a observarla complacido y maravillado por la espléndida labor que había concluido; la miraba con una combinación de sentimientos que iban desde una gran ternura hasta la más permisible lujuria, dadas las circunstancias.  Salomé lucía acostada desnuda en su cama espectacularmente hermosa después de acabar, con su espléndida cabellera color castaño y reflejos rojizos regada sobre la almohada.  Eso suele ocurrir a todo ser humano, después de un clímax intenso, luce su más perfecta belleza.  Sin duda alguna el mejor maquillaje y la terapia ideal consiste en un buen orgasmo.

 

El hombre tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para resistir la tentación de acercar la punta del impetuoso falo, a la entrada de la almejita que se le ofrecía aún ardiente, palpitante y entreabierta.  No quiso atreverse ni siquiera a rozarla ya que no hubiese sido capaz de contenerse;  se limitó a acariciar su humedecido glande con los dedos, tan suavemente como su gran alteración le permitió.  En esa manipulación alcanzó el punto de no retorno: una verdadera explosión de semen, tan caliente, copiosa y potente, que literalmente bañó a la joven desde el mismo monte de venus hasta el rostro, por lo que nuestra ninfa se despertó de su letargo.  Sin embargo no se inmutó por el lavatorio que recibió, la invadió gran curiosidad al sentirse empapada por ese líquido pegajoso. Su instinto de hembra más bien casi agradeció el obsequio, y comenzó a regárselo con la mano por todo el cuerpo y a disfrutar de su aroma y sabor (¿?).  Por cierto, si en ese momento alguien más hubiera estado despierto, el fuerte olor que despedían las diversas secreciones de esos dos cuerpos, hubiera delatado de inmediato a la pareja.

 

 

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Había transcurrido algunos meses y Humberto tuvo que trasladarse a otra ciudad por asuntos de trabajo.  Mantenía contacto telefónico con sus hijas pero no habían vuelto a verse.  Salomé siempre le decía que lo extrañaba mucho sin confesar que entre otras razones, le hacían falta los besos y caricias de su papi, por lo que la chica se conformaba con masturbarse como una posesa casi todas las noches y cuanta tarde libre tenía y se hallaba solita en su dormitorio, lo que casualmente le relató a su papá cuando éste viajó a su ciudad por unos días...

 

Todas, mujer e hijas recibieron a Humberto con gran alegría y alborozo; se abrazaron, lloraron, se contaron muchísimas cosas hasta que por fin, llegó la noche y Humberto inició una sesión sexual con su mujer quien parecía un volcán –quizás porque días antes había tenido un romance con un fulano más joven y tal vez se había quedado con las ganas de llevarse el juguete a la cama--.  El dormitorio de las niñas era contiguo al de ellos, por lo que hizo falta un gran esfuerzo para acallar los gritos, gemidos y resoplidos que la pareja emitía.  Como postre, Jazmín tenía preparada la entradita posterior para su marido como regalito especial y después de un intensísimo orgasmo anal, se quedó dormida completamente agotada, adolorida y, aparentemente, satisfecha.  Sin embargo a pesar de las precauciones, al parecer, algo se escuchó y que hizo suponer, por lo menos a las dos mayores, lo que acontecía en la habitación conyugal.  A la mañana siguiente, los ojos de Salomé, que a la llegada de su papi destellaban una lujuria poco disimulable, ahora estaban llenos de fuego, pero de celos.  Incluso hubo ocasiones en las que la madre sospechó que algo raro ocurría porque la niña casi no le hablaba a su padre y se mostraba visiblemente molesta con él.

 

Pocos días más tarde, Salomé, quien ya casi cumplía los catorce, estaba recostada en el sofá con los pies apoyados en los muslos de su papá, y él, acariciándoselos se percató de una pequeña callosidad en uno de los bellos pies de la criatura.

 

---Hija, ¿cómo es que tienes ese pequeño callo, algún calzado te aprieta?

--Sí papi,--respondió la niña-- debe ser algo así.

--Mañana por la tarde te voy aplicar papel de lija de la más fina y una crema especial que tiene tu hermana, ¿de acuerdo?.

 

Y dándole un tierno beso en el pie, cerró el ”trato” con su pequeña consentida.

 

Durante todo el día, Salomé estuvo ansiosa del tratamiento que su papi le ofreciera, hasta que por fin llegó la tarde y en un momento en que se encontraron solos, le recordó el compromiso.  Humberto buscó lo necesario y comenzó a reducir el incipiente endurecimiento.  Luego de aplicarle la crema le masajeó los pies. Después, a solicitud de Salomé, le dio un masaje relajante en las piernas y muslos.

 

--Papi. Ya que estamos en esto deberías darme un masaje completo como le das a mami cuando está muy cansada.

 

Humberto, sin notar la malicia accedió gustoso, para lo cual la chiquilla –no sin antes verificar que las ventanas del dormitorio estuvieran cerradas-- se desnudó parcialmente, quedando sobre la cama sólo en pantaleta, que era realmente un “hilo dental” --de los que todavía no usaba pero que usaría en el futuro casi religiosamente— que pidió prestado a su hermana mayor, especialmente para esa ocasión;  el padre, quien de verdad sabía lo que hacía, se ungió las manos con aceite y comenzó un trabajo verdaderamente relajante desde el cuello hasta la cintura, dedicándole especial atención a cada músculo y brindándole a la muchacha, una sensación de bienestar en toda la espalda; al llegar a donde ésta pierde su nombre, Humberto bajó un poco el elástico de la pantaleta, para no mojarla con aceite, pero Salomé alzó la pelvis y se quitó del todo la última prenda, casi provocándole a su papá un ahogo ante la vista de aquel pequeño pero magnífico trasero, de nalgas redondeadas y firmes, amén de una ligera marca blanquecina contrastando con su bronceado

 

Una vez más, Humberto hizo un esfuerzo por inhibir la alteración que le provocaba aquella estupenda desnudez y prosiguió con el masaje, esta vez, en los pies y muslos por su parte trasera y continuando irremediablemente, con los duros glúteos; los masajeaba como si se tratase de cualquier otra parte del cuerpo, pero cada vez que ejercía presión hacia arriba, sus nalgas se separaban e inevitablemente aparecía la visión perturbadora del ano y parte de la brillante y rosada vulva de la chica.  Aunque lo intentó, no pudo disimular la fuerte erección que esta vista le provocó, así como la humedad que traspasaba su ropa.  De esto se percató Salomé de reojo, sonriendo con picardía,  ya que lo tomaba como un triunfo: había logrado el propósito de excitar lo suficiente a su papi.

 

Cuando llegó el turno a las extremidades superiores, Humberto sintió algo de alivio por carecer éstas, aparentemente, de connotación sexual; ¡pobre! Lo equivocado que estaba.  Salomé aprovechaba cualquier manipulación que su padre hacía de sus antebrazos para, “cándidamente” rozar con sus manos o aunque fuera la punta de los dedos, el potente miembro viril que se hallaba casi a su alcance y que había sido el protagonista de sus más alocadas fantasías eróticas. Finalmente, se dio vuelta quedando expuesta de frente a su padre, como la vio natura, para deleite de los ojos de Humberto, quien jamás la había visto así: tan desnuda, tan de frente, tan tentadora.  La vista de él recorrió en segundos todo el maravilloso cuerpo de su hija. Su hermosa cabellera, sus lindos ojos que se le antojaron con un brillo especial, la boca sensualmente entreabierta,  los pequeños capullos coronados por unos pezones oscuros y grandes, totalmente erectos; el vientre de la doncella firme y ligeramente redondeado... y… ¡ay de mí! –pensó--, el eminente y abultado monte de venus, el cual era depilado con frecuencia dejando sólo una pelusilla, como si su dueña se empeñara en preservarlo con un aspecto casi infantil.  Humberto, mirándola fijamente a los ojos, comenzó a acariciar más que masajear, los muslos entreabiertos con una suavidad casi ritual.  La mirada que Salomé le devolvía era de total complicidad, comunicándole, sin lugar a dudas, cuánto lo estaba disfrutando. De pronto la chiquilla dobló y elevó una de sus rodillas dejando apenas visibles sus provocativos labios íntimos, de manera que Humberto al acariciar la parte interna del muslo rozó su delicada y mojada vulva;  la respuesta no se hizo esperar:  Salomé abrió mucho más sus piernas y cerrando los ojos, echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro de aprobación y entrega.  Acto seguido, su padre que ya había perdido toda voluntad, se inclinó para besar la delicia que la hija le ofrecía, no sin antes detenerse un poco a las puertas del paraíso, para observar y oler de cerca la profusa humedad que manaba, al separar con sus dedos los labios menores de ella.  Imposible narrar fielmente la formidable emoción que embargó a esos dos mortales, en el maravilloso instante en que los labios de él hicieron el electrizante contacto con la empapada vulva y la lengua con el endurecido clítoris, después de lamer y separar el capuchón.  Para la muchacha era una sensación nueva pero deliciosa, había sentido allí sólo dedos, los propios, los de un “noviecito” del colegio y los de su papi, pero lo que le hacía este último con  la lengua casi la hace gritar, era lo máximo. Rato después ella pensaría: “tenía razón mi papi cuando me dijo que era una de las cosas más exquisitas que una mujer puede sentir, y gracias a él lo descubrí ahora, seguramente después cuando fuera mayor me habría irritado mucho el haber desperdiciado el tiempo...”

 

 

 

 

 continuará... (eso  esperamos)

                                          

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