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  Autor Francisco Cappellotti
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María Fernanda Zugasti

Isla Urbana

 

El cielo se cierra, un telón de lluvia deja ver poco la calle, en los pies, un río de aguas callejeras moja los zapatos. Se escucha apenas el timbre tímido. Cuando abro la puerta, una especie de mujer sirena está esperándome, empapado, con desconcierto y creyendo que quiere pasar, la invito a compartir la  tarde conmigo, intuyo que por un rato salió de su lugar para estar juntos.

Sigo sin entender demasiado pero actúo como si estuviera escrito por el destino; me dejo llevar, mientras tanto disfruto. Trae algo en las manos, adentro hay un par de copas, una bebida y velas que se acomodan creando un clima muy íntimo.

Casi sin buscarlo estamos entreverados, no sé qué  tiene su piel, desprende un óleo dorado y perfumado que se impregna también en la mía. La ventana cercana al techo es el reloj que tenemos, el único aviso del tiempo es la intensidad de la luz que viene desde ahí, mientras, hacemos música con secretos entre susurros placenteros, fricciones y ruidos de flipper que son los indicios de una ciudad que sigue afuera.

Poco a poco la luz desde arriba se va apagando; mientras la mecha naranja del velón se vuelve más intensa y nos regala un atardecer de sol oculto.

Cierro los ojos, estoy tranquilo, cuando los abro ella ya no está más. No sé si la soñé, si es fruto de un delirio,  pero veo una llama casi consumida, huelo todavía el perfume, veo el piso brilloso, dos copas con labios marcados y dos tasas de café esperando que nunca se llenaron…

M. Fernanda Zugasti

 

 

 

 

Retrato De Un Idiota

 

En la oscuridad Juana ve una cara, se distingue pero sigue siendo oscura, al pasar detrás siente su presencia, en la noche es difícil diferenciar a las personas, se pueden llegar a confundir en aquello bueno que las convoca y así pasan por gente confiable.

Algo de reserva conservaba, pero sus ojos más curiosos no la dejaban resistir la tentación, debo decir que lo intentó, pero al preguntar quién era, algunas respuestas le sirvieron de argumento para decirle a su intuición que se callara.

En la mesa había buenos amigos, era una noche de invierno con jazz que la hacía sentir libre, viva.

El aire a seducción era halagador, hizo a la noche más fascinante. ¿Cuál fue el momento preciso del quiebre total con la cordura? Creo que cambió cuando se acercó Martín a saludar y con cierto halo de humildad logró inconscientemente convencerla. Comenzó a ver en detalle su belleza y como un zorro en la trampera quedó atrapada en la cáscara artificial que atractivamente vendía.

Conservó un par de recuerdos graciosos que le hacían, bajar el romántico dramatismo que no se merecía la historia. Por ejemplo, su amigo estaba junto a él siendo la imagen de las siluetas como las de El Quijote y su fiel servidor  Sancho, algo así como un metro noventa desgarbado y espigado con un regordete de un metro cincuenta al lado. Igualmente le pareció atractivo y decidió inventar la excusa del baño para pasar cerca y dejarle un pañuelo perfumado de feromonas tirado al paso, éste, es un virtual señuelo que el hombre sigue acatando desde su cerebro reptiliano.

El flirteo era su fuerte y su juego más divertido las miradas, aunque algo consciente de eso accedió a su terreno, pero esa noche, todavía ilesa, pudo escaparse a tiempo.

Después de esa vez luchó con pensamientos furtivos  que le traían su cara una y otra vez con terca insistencia. Estuvo atenta para el próximo encuentro que ambos quiméricamente ya habían planeado. Algunas palabras, y besos dejaron la promesa de más y fue así como sucedió. Nunca habría actuado con tanta ceguera si esa noche, su discernimiento no hubiese quedado tan soñolientamente amordazado.

Sin que nadie lo pidiera puso desde ese momento su ser casi descaradamente al desnudo, no tenía sentido, lo sabía, pero una suerte de pasión y necesidad le dejaban la voluntad presa y seguía avanzando.

¿Que había de él en todo esto? Expectación, curiosidad, narcisismo, halago, una postura de recibir y dar en el momento, a secas, lo que había a mano. No quiso ver más allá, no estaba mal tomar una vez más lo que una mujer pudiera darle, eso o la idealización de un amor perdido era todo el espacio que le podía dar al otro género en su vida.

La sensación de Juana era cada vez de mayor pobreza yoica, una especie de aspiradora anímica le dejaba vacía el alma, pero al mismo tiempo le prometía felicidad  intensa y llegaba a proporcionársela fugazmente, sin palabras.

No pasó mucho tiempo, el vacío pesaba demasiado para ella, sentía no poder resistirlo, ¿dónde estaba lo que había dado? Parte de su ser había quedado en manos de quien no sabía, podía o debía cuidarlo, ¿fue ingenua o esperanzada? Quiso amar y no era la persona a quien le correspondía recibirlo, quizás alguna vez te pasó algo parecido y puedas contestarle con más claridad, ¿hubo idiota? O, ¿simplemente como una voz de lector dijo?:

-Es un relato de dos solitarios que siguen buscando historias para permanecer en soledad…

 

María Fernanda Zugasti

 

 

 

 

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