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Néstor Rubén Gimenez

Persiguiendo agüeros

 

La sala resultaba deprimente y el olor a cigarrillos mal apagados me daba vuelta el estómago. Por la mugre de las ventanas apenas entraban los rayos del sol, el grueso tejido de alambre interior y los barrotes externos terminaban por boicotear la tarde primaveral que cubría de dones a la Ciudad de Buenos Aires.

Me hallaba sentado en una vetusta silla, frente a un escritorio de chapa mal pintado de gris, cubierto por un grueso vidrio rajado en varias partes y cachado en sus vértices.

Jamás había sentido semejante vergüenza, mantenía mi cabeza gacha, las manos a mi espalda comenzaban a entumecerse dentro de las esposas que me inmovilizaban. ¡Cómo había podido caer tan bajo! Por la puerta entró un tipo corpulento, de gran altura, gordote y pelado. Lucía una camisa celeste raída y una corbata azul. Los botones de la camisa luchaban por mantener su abdomen dentro y daban la impresión que, en cualquier momento, saldrían despedidos. La corbata apenas llegaba a cubrir el cuarto botón de la camisa, y el nudo corazón no llegaba a disimular la falta del botón del cuello. Tenía puestas unas inmensas gafas para sol, las patillas le marcaban los cachetones para terminar ajustando apenas por detrás de sus orejas que sobresalían de la calva. Su nariz era ancha y chata y, debajo, tenía unos bigotes negros como cepillo. Con sus pesadas manos levantó las gafas y se las puso como vincha, algo incomprensible. Sus ojos de color pardo tenían un fondo amarillento con finos hilos rojizos, pensé que, quizás la falta de sueño o el exceso de alcohol le habrían dejado esas secuelas. Con su mano derecha, sacó un atado de Parliament del  bolsillo de su pantalón gris, junto con un encendedor de plástico rojo y se sentó justo frente a mí. Sin dejar de mirarme intentó encender un cigarrillo; luego de varios intentos pudo sacarle una llama al encendedor, le pegó una larga y profunda pitada. Arrojó el humo por la boca derecho a mi cara y con el pucho entre los labios me dijo:

-Buena la has hecho Ernesto ¡Joder! ¡Cómo venís a cagarme el sábado por la tarde! ¿Decime? ¿No tenías otra cosa que hacer?

-¿Perdón? ¿Usted es? – fue lo primero que se me ocurrió decir.

-Soy el principal González y, de ahora en más, las preguntas las hago yo –me respondió con tono sentencioso –. Veamos,  ¿qué tenés que decir antes que te pase a los calabozos o, en el mejor de los casos, venga el juez o el fiscal a tomarte declaración?

-Mire, principal, soy una persona pacífica, no tengo ninguna entrada ni en ésta ni en otra comisaría, ni siquiera una contravención ni una multa de tránsito. Sé que lo que hice está mal, pero usted no sabe el infierno que ha sido mi vida en estos últimos meses.

-¡Ay, Ernesto! La mayoría de los que pasan por aquí comienzan su declaración de esa forma, todos te conocemos y sabemos que sos buena persona. ¿O por qué te creés que estás conmigo? Vamos, che, dame algo más para poder ayudarte, sino…marche preso –el tipo era claro y contundente.

-Ella se rió de mí, jugó conmigo todo este tiempo, se lo había avisado: “no me falles”  “no me engañes” “fíjate bien qué haces” y otras tantas frases  con las que traté de alertarla y nada, siguió con sus mentiras. ¡Qué ya lo sé! ¡Qué nada justifica lo hecho! Pero hecho está y si me apura un poco diría que se lo mereció –lo mío comenzaba a tomar un cariz declaratorio.

-¡Pero, Ernesto! ¿Justo en San Telmo? ¡Qué pedazo de boludo! Vos sos del barrio, sabés que acá hay cientos de familias que se ganan la vida cada fin de semana, los gastronómicos de las confiterías, los anticuarios, los artesanos, los artistas callejeros ¡Joder! ¿Acaso no sabés que estamos llenos de turistas? ¿Te detuviste a pensar por un instante qué será de todos ellos si el barrio se gana una mala fama? ¡Decenas de vecinos sin trabajo! ¡No, claro, el señorito pensó en él y ya, hizo lo que mejor le pareció! Mira, hasta mis muchachos y yo nos llevamos unos dólares y algún que otro euro a nuestras casas; que propinas, que donaciones, que… ¿qué te tengo que explicar? ¡Vos te cagaste en todos nosotros! ¡Cobrarte una vida en medio de la plaza Dorrego! ¿No digo yo? ¡Sos un boludo! –la cara del tipo se estaba poniendo de un llamativo color rojo azulado.

-Principal, yo le voy a contar todo lo sucedido, tan solo le pido una cosa ¿podría sacarme las esposas? –sabía que decir la verdad era lo mejor.

-¡Gutiérrez! –pegó un grito que hizo aparecer como por arte de magia a un agente de la federal que, a mi entender, estaba escuchando del otro lado de la puerta-. ¡Haceme el favor! ¡Sacale las esposas a este boludo!

Gutiérrez pegó la vuelta al escritorio, se puso detrás de mí y me liberó de las esposas para luego retirarse más rápido de lo que había entrado. Froté mis muñecas con las manos en varias oportunidades tratando de que la sangre circulara más rápido por ellas. Arrimé la silla al escritorio para poder acodarme y tomar mi cabeza por las sienes  y, mirando a González a los ojos, decidí relatar mi odisea.

-Como usted dijo yo soy del barrio, nacido y criado en estas calles. Desde niño disfruté de San Telmo. Nací en la casona que está en la esquina de Humberto 1º y Balcarce, bueno ya debe saberlo. Hace años que conozco a Don Giuseppe, el viejo por unas monedas nos alegraba la tarde a todos los niños y a los mayores también. Hasta por las noches llegamos a organizar bailes en el mismo empedrado aunque, a decir verdad, era bastante difícil llevar el ritmo con el latoso sonido del organillo del tano. Luego, con el tiempo,  Don Giuseppe agregó a su número callejero a Pepito aquel mono pulgoso que se le escapaba cada dos por tres y… ¿Quién cree usted que se lo iba a buscar? ¡Yo! ¡Yo mismo! Bueno, a veces me ayudaban los amigos, pero nos subíamos a los árboles, entrábamos a las casas sin permiso y, un día, hasta cruzamos la avenida Garay y lo alcanzamos en el Parque Lezama. ¡No! ¡Si buenas las ha hecho ese Pepito!

-Con esto mucho no te estás ayudando, la cagada te la mandaste igual, del pasado todo bien, pero el tema es hoy. ¡Vamos, che, decime algo más sustancioso! –era evidente que González estaba apurado.

-Ya, ya voy, es que sino no, no me entendería. Sigo. Después que Pepito desapareció y no pudimos dar con él, Don Giuseppe, no tuvo mejor idea que acompañarse con esa maldita cotorra que, en medio de la ejecución de la música de siempre, sacaba con su pico unos cartones de colores con los augurios de la fortuna. Incrédula la gente decía “Don Giuseppe y su cotorra de la buena suerte” y con ese nuevo ardid el tano se llenó de dinero ¿o no fue así?

-Vamos, Ernesto, no te vayas por las ramas, me estás llenando las pelotas, larga de una vez. ¿Por qué hiciste lo que hiciste? –a mi calvo interlocutor ya lo notaba algo fastidioso.

-Yo nunca quise conocer mi suerte, mis viejos me inculcaron que eso no era serio y que creer en uno mismo era lo mejor. Pero, ese domingo de otoño, me encontraba melancólico y triste porque había terminado mi relación con Marisa, y me dije “¿qué me deparará ahora el destino?” Y fue así que, al ver al tano, le di unas monedas para saber qué suerte tendría. Don Giuseppe hizo girar la manivela del organillo para que sonara la musiquita, abrió la caja enrejada donde estaba la cotorra. Luego de dar unos pasos sobre las decenas de tarjetas, eligió una con su pico y la mantuvo en alto hasta que la recogí con mi mano. La tarjeta de color amarillo tenía el siguiente presagio “Hoy hallarás el amor de tu vida. Preparate”. Debo reconocer que,  en un primer momento, la predicción me agradaba y me venía justo para levantarme el ánimo. Metí la tarjeta en el bolsillo de mi camisa y, esperanzado, me fui a caminar por el barrio. Recuerdo que estaba atento a lo que me pudiera suceder, no sea que la cotorra estuviera en lo cierto y yo dejara pasar la oportunidad de conocer a ese especial amor que me esperaba. En uno de los tantos puestos callejeros me detuve al ver un billete del Banco Central de Cuba con la cara del Che Guevara. Era algo increíble, el  máximo exponente de la revolución socialista prestando su cara para que quedara impresa en un billete y, además, de tres pesos. ¿A quién se le ocurriría un billete de tres pesos? No pude más que sonreírme, ahí estaba el Che con su boina inclinada, sus largos pelos saliendo por debajo de ella, barba y bigote desparejos y su casaca de fajina. El billete era de color rojo y tenía su firma estampada: “CHE” ¡No, si este tipo era un capo! En eso escuché una voz angelical que me dijo: “Hola, te puedo ayudar en algo”. Ahí comenzó a cambiar mi vida.

-¡Gutiérrez! ¡Vení para acá y traeme un vaso con agua! Vos seguí, Ernesto –creí reconocer en su tono que el relato comenzaba a interesarle –. Dale, che ¿o no me escuchaste?

-Ella era una morocha importante, con cabellera bien tupida y profundos ojos negros rasgados. Mucho más a simple vista no recuerdo haber notado en el primer encuentro, eso sí, sus pecas le daban un toque que a mí me resultó cautivante. Comenzamos a charlar de cualquier cosa, había algo que nos atraía, pero no podía identificarlo ya que sólo tenía presente la sentencia de la tarjeta que me había dado la cotorra. ¿Sería que estaba ante el amor de mi vida? La invité a tomar un café cuando terminara la jornada y aceptó gustosa. Eso fue el inicio de la más hermosa relación que pude haber tenido. Me dio su teléfono y quedamos en llamarnos en la semana para citarnos o bien para el sábado o el domingo, día que sin dudas la volvería a ver en el puesto de numismática. Por cosas que ya no recuerdo quedamos  para el domingo, luego de su trabajo en la feria de artesanos. Ese día, mientras me dirigía a la plaza, encontré a Don Giuseppe que estaba haciendo su número por el barrio. No pude soportar la tentación y me dirigí hacia él, dejé unas monedas en el tarro, a mi turno la cotorra eligió una tarjeta y volvió a esperar que se la quitara del pico. Ésta era de color fucsia y en ella pude leer: “Las relaciones recién nacidas se consolidan. No dude en concretar proyectos importantes”  ¿Se imagina González mi emoción al leer esa tarjeta? ¡Era evidente que me estaba presagiando buena estrella! Así que envalentonado y con ínfulas me encaminé al encuentro de mi amor.

-Nombre, Ernesto, nombre… ¿Cómo se llamaba esa mujer? –González había sacado una pequeña libreta negra y se disponía a anotar mi respuesta.

-Silvia, su nombre era Silvia –respondí sin poder ocultar mi emoción al pronunciar su nombre.

-Continuá, Ernesto –dijo el principal mientras se recostaba en el respaldo se la silla.

-González, no quiero aburrirlo con detalles así que iré al grano. Al poco tiempo con Silvia formábamos una hermosa pareja, parecía que habíamos nacido el uno para el otro. Un domingo, antes de encontrarme con ella, tropecé por casualidad con el tano. Como las cosas me habían salido tal cual me lo marcaron las tarjetas de la cotorra, no tuve mejor idea que volver a consultarle sobre mi destino. Esta vez la plumífera amiga me dio una tarjeta celeste que predecía: “Todo gran amor no es posible sin pena” Este mensaje me inquietó, aún así guardé la tarjeta y fui al puesto de Silvia. Imagine usted mi sorpresa al llegar y encontrarme en él a un anciano con gorra gris y unos gruesos bigotes de manubrio sentado en la silla en la que ella  solía esperarme. Me acerqué y le pregunté temeroso

 -Disculpe, ¿está por aquí Silvia? —El viejo me miró de arriba abajo y me respondió.

 -No, pibe, Silvia hoy no viene, ¿precisas algo?

Sin contestarle me pegué media vuelta y fui para la Avenida 9 de Julio para tomar el subte que me llevaba hasta la casa de Silvia. Casi al llegar a su puerta la vi que salía con un bolsón, se la notaba nerviosa y apresurada.  Imagine la sorpresa al verme ahí, parado, con cara de “¿qué pasa aquí?”. Ella me tomó del brazo y sin detener el paso comenzó a hablarme “Mirá, Ernesto, debés disculparme por no llamarte, lo iba a hacer luego, cuando llegue a Rosario. Me han avisado que mi padre está gravemente enfermo, es algo urgente de lo que no tengo más detalles, al menos por ahora”. No pude reaccionar ante semejante noticia, sólo pretendía estar junto a ella en este difícil momento. La acompañé hasta la Estación de Retiro donde tomó un ómnibus hasta Rosario. Eran apenas unos 400 Km. pero yo sentía que mi amor se iba mucho más lejos. Un largo y emotivo beso fue nuestra despedida, aguardé al pie del ómnibus hasta que éste partió y la tarde me vio sacudir la mano saludando a Silvia hasta perderla de vista. Volví a San Telmo apesadumbrado por el difícil momento que Silvia tenía que pasar y, para colmo, sin mi compañía. Antes de entrar a mi casa, me encontré con Don Giuseppe que volvía de la faena dominguera. Lo detuve y le pregunté si podía tocar su organillo para mí y si dejaba que su cotorra me diera la suerte. El tano accedió, después de todo éramos viejos conocidos y unas últimas monedas no le venían mal. Esta vez el cartón que eligió el ave era rojo y decía: “Amar a distancia es una gran prueba de amor”. Por un instante llegué a pensar que ese pajarraco sabía cuál era mi destino. Pasaron unos días y recibí el esperado llamado de Silvia, ella decía extrañarme y que no me hiciera problema, que estaba bien y que su padre aún no había modificado su cuadro así que se demoraría unos días más. El primer fin de semana sin Silvia fue terrible, su ausencia me partía el corazón y el no saber hasta cuándo estaríamos separados me llevaba hasta las puertas de la congoja. ¿A qué no sabe que fui a hacer?

-¡No me digas nada! Fuiste a buscar a Don Giuseppe y su cotorra –increíble González parecía tan astuto como la cotorra.

-¡Justo! Eso fue lo que hice. Esta vez la cotorra me acercó una tarjeta blanca, en ella pude leer: “Si el esperar desespera el reencontrarse enaltece”. Era increíble esa cotorra, con el pico dilucidaba lo que a mí me había llevado noches sin conciliar el sueño. Caminé sin rumbo por las calles de San Telmo pensando lo sensacional que era Silvia para mí y lo afortunado que había sido en conocerla. Siempre he pensado que las relaciones humanas son irracionales, enajenantes y absurdas. Sin embargo todos buscamos relacionarnos, sobretodo con personas como Silvia…

-¡A ver si dejás de filosofar y te concentrás en tu relato! – González sabía bien como no dejar que su interrogatorio no saliera del cauce que él le quería dar.

-Se sucedieron varios llamados durante la ausencia de Silvia, en cada una de ellas creía sentirla distante y al preguntarle qué era lo que le pasaba su única respuesta se refería a la salud de su padre. Un jueves me adelantó que el domingo siguiente estaría en Buenos Aires y que me esperaría, no en su puesto de numismática sino en la esquina de la Avenida Garay y Defensa. Salí de casa unos minutos antes de la hora del encuentro predispuesto a buscar a Don Giuseppe pero no pude dar con él. Abandoné la búsqueda porque no quería hacer esperar a mi amada. Por fin nos encontramos, créame González, no sé si era por el tiempo que llevaba sin verla, pero me parecía estar ante la mujer más bella del planeta. Nos abrazamos y lo primero que hice fue preguntarle por su padre, ella me respondió con voz calma pero muy emocionada “papá ha fallecido”. Me quedé sin palabras, sólo pude intentar un “lo siento mucho” y una invitación “¿vamos a tomar algo?” ella asintió con la cabeza sin emitir palabra. Mientras caminábamos hacia el viejo bar de la esquina de Humberto 1º tropezamos con el tano y su cotorra. Le propuse a Silvia conocer nuestra suerte por la cotorra, no se negó, aunque muy entusiasmada no la noté. Tiré unas monedas en el jarro de lata, le avisé a Don Giuseppe que esta vez éramos dos, el ave bailó sobre las tarjetas y sacó una de color verde, Silvia la tomó, mientras me sonreía la leyó para luego deslizarla dentro de su bolso. La cotorra saltó en varias oportunidades sobre las tarjetas, esta vez se demoró más de lo acostumbrado, hasta que se decidió por una tarjeta de color amarillo. La di vuelta y en ella decía: “El más difícil no es el primer beso sino el último”. Confieso que este agüero me confundió bastante ya que no podía comprender en que parte de mi historia con Silvia encajaba. Entramos al bar, nos sentamos en la mesa sobre el gran ventanal, en la que solíamos hacerlo. Manolo, el mozo, nos saludó como siempre, una gran sonrisa mientras dejaba salir un “buenastardesquesevanaservir”. Pedimos unos cafés, el silencio se estacionó entre nosotros como nunca lo había hecho. Fue ella la que lo rompió con una declaración que decía así o parecido: “Ernesto, debo decirte que, durante mi estancia en Rosario, me encontré con un viejo amor que me ha descolocado un poco los sentimientos. Es de buena mina decir las cosas de frente sin andar con rodeos ni jugar a dos puntas. Esto no es un adiós, no sé lo que estoy sintiendo y, hasta que me aclare, creo que será mejor que no nos veamos” y la terminó con el consabido “no sos vos el problema, soy yo”. ¡Ay, González! ¿Cómo explicarle lo que sentí en ese momento? Era una mezcla de ira, vergüenza y dolor, sus palabras parecían dar puntapiés a mi autoestima. Se levantó, me dio un dulce beso en la mejilla y salió por la puerta sin dejar lugar a que pudiera decirle nada, todo pasó tan rápido que ni los cafés habían llegado a la mesa. Bajé la vista y vi que en el suelo estaba la tarjeta de color verde que la cotorra le había dado con su pico, seguro se le había caído del bolso. La levanté y leí el siguiente agüero: “No temas decir la verdad, ella te hará libre” Entonces ahí terminó de cerrarme todo. Me puse como loco y sólo pensé en tenerla entre mis manos para cobrarme su ofensa.

-¡Ernesto! Es una historia de amor de las que abundan cientos, es más miles diría yo. Creo que todos alguna vez pasamos por algo similar... ¿Me vás a decir me vas a decir que esto es motivo suficiente como para querer matarla? – por primera vez González había levantado el tomo de su voz.

-Mire, usted, para que vea que no le miento, aquí tiene todas las tarjetas que he guardado he inclusive... ¡ésta, ésta, la verde, la que la cotorra le dio a Silvia!

-¡Pará, Ernesto, pará! ¡Terminarás por cabrearme! Lo tuyo ha sido un despropósito, aún teniendo razón, que no la tienes desde ya, nada amerita que hagas justicia por mano propia ¿Qué digo justicia? Lo tuyo ha sido una locura total. Mira que armar semejante quilombo en el corazón de San Telmo, elegiste justo la esquina de Bethlem y Defensa, lleno de familias con niños. ¿Te imaginás los pequeños con la impresión que se han ido? ¡Si no van a poder dormir por semanas!

-Comprenda, González, fue un impulso irrefrenable, sentí que tomarla del cuello y ver sus ojos en el  último aliento era lo único que me devolvería la calma. Ella  me falló, me engañó y jugó conmigo.

-¿No ves? ¡Si sos un boludo! ¿A quién se le puede ocurrir ahorcar una cotorra en medio de la feria de artesanos un domingo por la tarde?

La fría conclusión de González me avergonzó más aún de lo que estaba. Pero  insisto, ella me jugó sucio siempre me  agoró mejor suerte que la que corrí.

 

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