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Cuentos de Navidad

     Eran las ocho y media de la mañana. Desde su cuarto, Alejandro pudo oír cómo su hermana pequeña, Úrsula, no paraba de moverse.

Alejandro sonrió. Sabía que la niña estaba impaciente por saltar de la cama y correr al salón, donde le esperaban sus regalos de Navidad.

Muy despacito, se oyeron chirriar las bisagras de una puerta. Definitivamente, Úrsula no podía esperar más. Había salido del cuarto de puntillas. Al cabo de cinco minutos, se oyeron risas y gritos de alegría. Úrsula prorrumpió en la habitación de Alejandro.

-¡Mira, Alex, es justo el osito que yo quería! -exclamó la pequeña llena de emoción.

El chico cogió el peluche,  y fingió observarlo con mucho interés.

-Es muy… original -comentó devolviéndoselo a su hermana. Luego se cubrió de nuevo con el edredón. Las ocho y media  de la mañana era una hora demasiado temprana para levantarse el día de Navidad. Él sí podía esperar a abrir sus regalos. De hecho sabía lo que le aguardaba debajo de todos aquellos paquetes llenos de colorido hacía ya tiempo. Él mismo había ayudado a su madre a elegir y empaquetar los regalos.

-¿No quieres ver lo que te ha dejado Papá Noel?- dijo Úrsula tirando de las mantas que cubrían a su hermano.

Él dejó escapar un suspiro de fastidio. Abajo sonó el timbre. Úrsula salió disparada a abrir la puerta, sin soltar su nuevo osito de peluche.

-¡Debe ser papa! -chilló loca de contenta, mientras bajaba las escaleras-. Le pedí a Papa Noel que volviese a casa.

Alejandro se levantó bruscamente. Esperaba que estas Navidades no sucediese de nuevo, pero su hermana era una persona de ideas fijas. Aún no se había hecho a la idea de que su padre había fallecido tres años atrás en un accidente de avión, precisamente por esas fechas. Era un excelente piloto, y había viajado por algunos países de África para transportar alimentos y medicinas. Pero, en uno de sus últimos vuelos, algo salió mal, y el avión se estrelló cerca del río Senegal. No hubo supervivientes; y de no ser por las gentes que vivían en las cercanías, que ayudaron todo lo que pudieron  en el rescate, quizás nadie se hubiese preocupado de informar a la familia de lo sucedido.

 Úrsula seguía pidiendo a Papá Noel cada Navidad que su padre volviese, con la esperanza de que su deseo se cumpliera. Pero año tras año, sus deseos, y con ellos su ilusión, se veían frustrados. Papá Noel, o “mamá”, como prefería llamar Alejandro al héroe infantil de las Navidades, tenía presupuesto para  unos cuantos regalos, no para devolver la vida a alguien.

Como era de esperar, enseguida la niña subió al cuarto de su hermano, hecha un mar de lágrimas. Tras  ella venía su madre. Úrsula tiró el peluche al suelo.

-¿Por qué nunca me trae lo que le pido? -exclamó llena de furia.

Su madre trató de calmarle.

-No te preocupes, cariño. Seguro que el año que viene…-dijo en tono cariñoso al tiempo que le cogía en brazos

-¡No! -Replicó Alejandro, cansado de presenciar la misma escena cada 25 de diciembre- el año que viene tampoco volverá papa, ni al siguiente… ¿Cuándo vas a aceptar que papá está muerto? No existe nadie que pueda resucitar a los muertos…

-¡Papá Noel si que puede! -sollozó la niña.

-¡Claro que no puede, Úrsula, Papá Noel ni siquiera existe! –replicó  Alejandro- es sólo una mentira piadosa que se les cuenta a los niños. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que nadie puede entrar en las casas por la noche, a través de una chimenea.

Su madre le miró duramente. Úrsula salió corriendo de la sala, sin dejar de llorar. Alejandro bajó la vista. Reconoció que se había pasado. Sin querer, había desmoronado las ilusiones de su hermana por completo.

-¡Mira lo que has conseguido, Alejandro! -le riñó su madre–. Al menos podrías haberte ahorrado la segunda parte.

-Lo siento, yo no quería…-estaba a punto de echarse a llorar. Pero no, él era ya casi un hombre, no podía humillarse así. No había vuelto a rodar una lágrima por su mejilla desde aquel día en que murió su padre.

-Ven aquí, tontorrón.

Su madre le abrazó.

-Anda, vete a buscarla. Habla con ella y pídele disculpas. Creo que aún estás a tiempo de hacerlo.

El chico asintió, y salió de la habitación en busca de su hermana. La pequeña se había encerrado en su cuarto, y no hubo manera de hacerla salir,  así que debió dejar las disculpas para otro momento.

A la hora de la comida, al fin Úrsula se decidió a abandonar su cuarto. Alejandro trató de hablarle, pero ella le ignoraba.

-Me da igual lo que tengas que decirme -comentó la niña tapándose los oídos.- Me da todo igual.

-Pues yo no me creo eso -replicó Alejandro, cogiéndola aúpas. Al principio, Úrsula opuso resistencia y trató de soltarse, pero luego dejó que su hermano le cogiera.

–Lo siento, Úrsula. Yo no quería decirte todas esas cosas horribles. Créeme, no lo dije en serio… Papá Noel existe, seguro que el año que viene, o tal vez antes…

-¡Se acabó! Te perdono, pero no quiero que sigas inventando cosas. No voy a dejar que sigáis llenándome la cabeza de cuentos y mentiras.

-Estás equivocada, Úrsula.

Pero la niña se las había arreglado para soltarse, y salió corriendo hasta el comedor, ante la llamada de su madre.

 

Transcurrieron el resto de las vacaciones, hasta llegar al día de Reyes. Aquel día, en que generalmente los niños no pegaban ojo y estaban pendientes de cualquier movimiento extraño cerca del  árbol de Navidad, Úrsula durmió hasta las once de la mañana.

Ella era el único motivo por el que las Navidades seguían celebrándose en aquella casa. Con Alejandro, que ya tenía 16 años, no valían cuentos chinos.

Les despertó su madre. Parecía algo desilusionada.

-¿No quieres ver tus regalos, Úrsula?

-Bueno, si insistes…-respondió la pequeña sin mucho interés.

Bajaron al salón y abrieron los regalos. Alejandro y su madre trataron de convencer a la niña de recuperar la ilusión en la Navidad, pero todo fue en vano.

Sonó el timbre. Úrsula abrió mucho los ojos. Aunque no quisiera reconocerlo, tenía un pensamiento en mente. Tal vez fuera su padre, que volvía a casa. Muy decidida, fue a abrir la puerta. Alejandro y su madre se miraron entre ellos.

-¡Mamá, es un mensajero! –anunció  la chiquilla.

Su madre fue hasta la puerta, seguida de Alejandro. Efectivamente, era un mensajero quien llamaba.

-Esto es para Úrsula Sánchez- indicó el hombre con una sonrisa, al tiempo que le tendía un paquete a la niña

-Gracias -dijo ella, algo sorprendida

-Oh, no, de eso nada. Ese paquete debía haberte llegado hace tres años. Pero, desde luego, el correo internacional no es muy eficaz. Podría decirse que habéis tenido suerte.

Después sacó otros dos paquetes y se los dio a Alejandro y a su madre.

-Que los disfruten -les dijo el mensajero antes de marcharse.

Muy intrigados, fueron todos al salón a abrir los paquetes. Úrsula fue la primera en hacerlo. Una muñequita  preciosa, con abalorios en el pelo y ropas africanas, apareció ante sus ojos. Alejandro, ya muy extrañado, abrió su regalo. Era un estupendo pájaro tallado en madera, junto a una nota que decía:

<<Espero que te guste. Así es como los africanos ven  a los aviones. Feliz Navidad. Papá>>

Y, por último, su madre abrió el paquete que le correspondía. Era el más grande.

No pudo reprimir una exclamación de sorpresa al ver su regalo.

-¡La gorra de piloto de papá! -exclamaron sus hijos a la vez.

La mujer no dijo nada, todo aquello le había pillado por sorpresa. Alejandro y Úrsula guardaron silencio, mientras su madre se sentaba en una silla a leer la nota que acompañaba su regalo.

-Úrsula, ¿sabes qué es esto? -preguntó a su hija tratando de dominar sus emociones.

La niña hizo un gesto negativo.

-Es un regalo de papá. Como él sabía que no podría estar con nosotros en Navidad, nos ha mandado todo esto.

-Entonces, ¿Papa Noel cumplió su promesa? -exclamó la niña llena de ilusión- Aunque papá no ha podido venir, le han dejado que nos envíe regalos desde el cielo. ¿Es eso, verdad?

-Más o menos -sonrió su madre-. Vuestro padre no se ha olvidado de vosotros en Navidad.

Úrsula dio un abrazo a su madre y fue corriendo a su cuarto para jugar con su nueva muñeca.

-Has vuelto a engañarle -dijo Alejandro en cuanto su hermana desapareció de la vista.

-No del todo, Alex. Los regalos los envió tu padre desde África antes de morir. Han llegado ahora porque el correo no funciona muy bien por esos parajes.

-Pero aún así…

-Han llegado en el momento más oportuno, y eso es lo que cuenta. Al menos, han conseguido alegrarle las Navidades a tu hermana, ¿no te parece?  Y aunque no lo creas, seguro que tu padre tiene algo que ver. Él siempre os va a estar cuidando desde donde quiera que esté.

Alejandro abrazó a su madre, y salió del cuarto. Colocó la figura del pájaro cerca de la ventana. Se sentó a contemplarlo. Poco a poco, los gritos de su hermana se fueron transformando en los graznidos de aquella magnifica ave. Y fue imaginando cómo agitaba sus poderosas hasta alcanzar la copa del pino Navideño del jardín, situándose allí como si de una estrella se tratara…

 

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