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  Autor Francisco Cappellotti
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Germán

Ese camino oscuro parece no cerrarse nunca. Hubo momentos en que asomaba una luz, pero se confunde con alguna ventana interior, con las ganas de que esté allí. De a ratos la veo más claramente. Pero la duda está alojada. Se supone que esta ruta me lleva a algún lado, así lo siento y así me lo dijeron, pero, ¡carajo! Que más de una vez tuve que parar a preguntar en uno de estos pueblos. De todos modos voy a seguir.

Los golpes aclaran a la larga, pero a la corta te dejan en un limbo desagradable, en un domingo de verano que no se termina. Hay sensaciones que se fueron para siempre, pero a veces vuelven con forma de recuerdo y se instalan en una especie de nostalgia. Es como recordar una edad que ya no vas a volver a tener; entran con un viento del atardecer, se instalan por tres segundos, y se van con una lágrima o un lamento. Y queda ese vacío de agónica perpetuidad que te sumerge en la desesperación y te lleva ineludiblemente a inventar un placebo de esperanza de volver a sentir. Como el ateo que muriendo se apega en sus últimos suspiros a Dios.

El que ha visto el jardín no puede negar la tierra. Pero es extraño como puede cambiar su forma. Por momentos creo que elijo ir más allá de lo visible, no porque permita engañarme, sino porque creo que hay mucho más por ver. Pero puede ser que no me quede otra. 

*           *          *

Sucede que desesperarse deviene inevitable. La memoria ataca sin piedad en momentos no proclives. Es como un sueño que te lastima en tu mejor día. Como si te retiraran el premio sin explicación. Parece que nada bueno puedo vivirse hasta el final. En el mejor lapso se activa la vieja congoja, y desde ya que lo hace de manera involuntaria. O, ¡quién sabe!, no es tan autónoma la muy hija de puta.

Si pierdo el manejo de mi equilibrio es que nunca lo tuve. Maldito inconsciente, es nuestro peor enemigo. Se desdobla la propia voluntad y eso es puro desequilibrio. ¿Verdaderamente somos autónomos? Entonces, si es así, ¡qué masoquistas! No se puede ganar si desde otro plano, también interno, se quiere perder. Es como proveerle armas a tu propio fundamentalista, y con el exclusivo objeto de mantener el negocio. ¿Quién gobierna, sino yo? Ésa es la pregunta. Ésa es la pelea.

 

 

 

 

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